Haroldo de Campos, Don de poesía.

Editorial de la Universidad Católica de Sedes Sapientiae y de la
Embajada de Brasil en Perú. Lima, 2004.
Coordinación de Lisa Block de Behar.

 

Introducción (p. 7-21)

A Emir Rodríguez Monegal,
en palabras de Haroldo de Campos:
"Ao seu luminoso espírito
iberoamericano e ecumênico"


Invitados por el Centro Cultural Internacional de Salto para participar en un homenaje dedicado a Haroldo de Campos, en junio de 1991, procedentes de países distantes y de distintos puntos de Brasil, llegaron a Salto Oriental, Uruguay, estudiosos, escritores y especialistas en la obra del poeta brasileño. Atravesaron un bosque de paraísos hasta llegar a "La casa del Lago" donde presentaron y debatieron sus trabajos, se leyeron poemas de Haroldo de Campos, se proyectaron films y exhibieron videos sobre su obra, se llevaron a cabo actividades teatrales programadas e imprevistas. La primera lectura, realizada por el propio Haroldo, fue dedicada a Carmen, su mujer allí presente. Otros poemas, leídos a varias voces, en portugués y en español, otros casi sin voz, apenas musitados, como sondeando el silencio que requiere el sonido para ser sentido, no oído, en busca del arquetipo inaudito que el poeta modula.

Isidra Solari realizó la apertura del Encuentro aludiendo al pasado cultural compartido, a los fundamentos de una cultura común, anterior y vigente más allá de fronteras políticas y particularidades idiomáticas que las eventualidades de la diversa nacionalidad fue distinguiendo; destacaba entonces las afinidades de una comunidad cultural que su escrito realiza y confirma en esta publicación. Desde la perspectiva de la literatura comparada, Tania Franco Carvalhal considera la decisiva contribución que la obra de Haroldo aporta a la presencia de la literatura brasileña en el marco de otras literaturas. A partir de una aproximación comparada y personal, Elisabeth Walther-Bense proporciona datos muy precisos con respecto al surgimiento de la poesía concreta y la relación que entabla con la producción alemana y la estética de Max Bense. Benedito Nunes especula sobre los aspectos de una meditación filosófica iniciada a partir de una poética del pensar. Horácio Costa aborda la vastedad y variedad de una poesía que se sustrae a (o supera) las convenciones de los esquemas conceptuales. Carlos Pellegrino tiende hacia la ascesis de la palabra que, en poesía, accede a un significado que va más allá del principio y de las definiciones. Alfons Knauth explora las aventuras transidiomáticas de Haroldo en el contexto transgresivo o trascendente de una poesía multilingual. Boris Schnaiderman examina aspectos transcreadores de los procedimientos de su traducción que revelaron la poesía rusa en portugués. Sonia Brayner hace referencia a las consecuencias críticas y estéticas de una clasificación literaria cuestionada por la originalidad del pensamiento del poeta. Arnaldo Saraiva razona en torno de la figura de un poeta que se recorta entre lo nacional e internacional en una época en que se verifica un resurgimiento del nacionalismo, también en el ámbito literario brasilero. Selma Calasans de Rodríguez evoca episodios de la entrañable amistad literaria de Emir Rodríguez Monegal con Haroldo, las afinidades personales y literarias que iniciaron la comprensión de pluralidades culturales en un continente que todavía la requiere. Jacó Guinsburg atiende "el llamado entusiástico" de las interpretaciones teatrales textualizadas por una poesía que hace de la puesta en escena una recuperación del origen. Manuel Ulacia indaga sobre las impresiones de la figuración ideogramática de Haroldo en la poesía de Octavio Paz. Jerusa Pires Ferreira detecta los rastros orales de Finismundo, el poema-viaje de Haroldo. A partir de este mismo poema, Nelson Ascher revisa en Finismundo los mitos de Odiseo, el doble enigma que el viaje y el fin del mundo plantean en las diversas composiciones literarias que lo abordan. Se incluye, en esta publicación, el texto "Galaxias, Work in Progress, barroco" donde Roberto Echavarren se acerca al montaje vertiginoso de la palabra haroldiana a partir de una lectura de James Joyce, que recuerda las que realizara Haroldo con su hermano Augusto en Panaroma do Finnegans Wake. Interesada en las causas miméticas que motivan lingüísticamente la concreción de su poesía, esta vez Adriana Garrido anota, sucintos, datos de la biografía y las obras mayores de la bibliografía fundamental de Haroldo.

Sin descartar las conjunciones estelares que, como en otro cielo, el séptimo arte prodiga, en esa oportunidad se proyectó La nube de Magallanes, un film donde Adriana Contreras muestra la nebulosa austral por medio de textos ordenados según una imaginación galáctica, el fenómeno sideral y poético que sustenta la obra de Haroldo. Otro film estrenado y proyectado en esta ocasión fue Um sarampo de estrelas para 'GALAXIAS', la composición musical que Livio Tragtenberg realizó en una especie de contrapunto cósmico con esa misma obra y cuyos comentarios intercalares aquí se trasponen. También de Adriana Contreras -en colaboración con Hugo Bonaldi- se exhibió una entrevista, realizada años atrás para la televisión mejicana, cuyo texto se transcribe, íntegro, en esta publicación.

Entusiasmado con la obra de Haroldo y con el acontecimiento que supo celebrarla, Biagio D'Angelo sumó las excelencias culturales de su inusual formación plurilingüe y literaria, a la iniciativa editorial del homenaje realizado, haciendo posible este libro transandino que lo registra y multiplica.

Durante las noches de esos mismos días, el Odin Teatret de Eugenio Barba -que, por (su) pura amistad, había dispuesto el viaje al Salto Oriental para participar en este homenaje- representó El castillo de Holstebro de Julia Varley e Itsi-Bitsi de Iben Rasmussen. La expectativa del espectáculo teatral había empezado la noche previa, en vísperas del acontecimiento literario, cuando a la luz de las velas más vacilante dentro de bolsas de papel que llevaban quienes acudían curiosos, tuvo lugar un "trueque antropológico", como denomina Eugenio Barba a ese encuentro donde es posible entrever los vestigios de una cultura arcaica emergiendo en el cruce de alguna improvisación, en el gesto de un oficio inesperado, a partir del enfrentamiento espontáneo pero casi ritual de una ceremonia involuntaria. Por la atenta dilección de Isidra Solari, viejos ritos -desconocidos aun por quienes los iban observando- fueron realizados discretamente por los pobladores del Salto. Indiferentes a los rigores de la intemperie invernal, recobraban otros tiempos, aquellos cuando el tiempo, su devenir o sus inclemencias, no contaban. En las calles de la ciudad, entre luces fugaces y sombras más o mal iluminadas, una fascinación inesperada transformaba en sitios fantásticos la belleza inadvertida del paisaje habitual. Hubo canciones, contrapuntos, bailes, desfiles, desafíos, mucha gente que, sorprendida por la conjunción paradójicamente espectacular que contemplaba y donde participaba a la par, discurría apresurándose desde los barrios con una animación que terminó en la plaza, en sus alrededores, o tal vez no terminó.

Una mañana, al finalizar una conferencia sobre la poesía concreta que es obra de Haroldo, sobre su gesto de "escrever" que "es una forma de ver" -esa "volonté d'écrire en peintre", diría Yves Bonnefoy, se suscitó una discusión en torno al origen visual, teatral, que es, en propiedad, el de teoría. Intenté resumir algunas conjeturas sobre una posible transición bíblica-litúrgica-histriónica-filosófica del "Cantar de los Cantares" (Shir Hashirim) en la transcreación de Haroldo que redimiría -por el pasaje a través de dos o más lenguas- el pesar del castigo, la dispersión idiomática, la diáspora. La ilusión de una redención que Julia Varley iniciaría, al recuperar en el prodigio vocal del Cantar, las virtualidades de la voz que aún no se pronuncia, las energías oraculares de una articulación que está a punto de producirse, esa suerte de evo-cación previa a toda interpretación: la voz sin voz de un recuerdo contra el tiempo, otra apelación a las causas ideales "que pueblan la eternidad", decía Borges. El superlativo hebreo, que el Rey de Reyes reclama desde el título de la poesía, o de su propio título, consagra y profana la vigencia prevaleciente del arquetipo, en el cantar, en los cantares, en los cántaros fragmentados, quebrados como símbolos, que parecen reunirse, por gracia de la interpretación, en la traducción magistral, en la comprensión que, compartida, recuerda su sentido fuerte. No sorprendió que, de una maestría a otra, la actriz del Odin pasara a hacer otro tanto con Minima Moralia:

já fiz de tudo com as palavras
agora eu quero fazer de nada

Tal vez la fractura lógica y la especularidad enigmática que cruza su sentencia en quiasmo (una contradicción que se divide entre versos aparentemente opuestos), cifra una equis o dos. El signo (X) multiplica y la letra (X), como en la palabra "ptyx" (que simulaba "inventar" Mallarmé), tal vez no aluda a la desazón de quien escribió o leyó en exceso sino reivindique su decisión de retorno, de querer volver al principio. Antes que nada, el poeta quiere decir; quiere decir y hacer de todo con las palabras, como (se) dijo e hizo al principio, una creencia o creación que se suceden y alternan en la apuesta del sentido o en el misterio de su origen, el trance del caosmos o el tránsito verbal del desorden en belleza, donde ambos contraen un mismo compromiso de iniciación.

La universalidad de la imaginación dramatúrgica de Barba, la diferencia de voces, de lenguas, de funciones artísticas dispares, visuales, musicales, literarias, populares, que fundan su teatro, coincidieron en un encuentro que se propuso abarcar la estética de Haroldo "Desde una poética de la traducción hacia los orígenes de la poesía". A pesar de que este enunciado convocó el Encuentro, su formulación, que abraza dos extremos de la realización (1), intentaba abarcar la obra de Haroldo, la doble visión estética y teórica, visual y verbal de una misma imaginación poética. Por eso, la propuesta no resultaba desmesurada. Contempla su desmesura, que es medida de excelencia, anticipando, desde el punto de partida, el elogio de una escritura que registra y revela, al mismo tiempo, en el mismo espacio, la emoción intelectual y gozosa de sonidos habitados por ideas a punto de ser dichas. Como si después de haber espacializado en las figuras literales de la poesía concreta todas las propiedades que definen la condición verbal y visual de las palabras, se impugnara el anuncio de quien advertía, en la condensación poética, los indicios de un arte que comenzaba a disolverse al borde del pensamiento teórico o del pensamiento al margen de la acción. El itinerario temático que propone el título pretendía emprender, una vez más, el viaje textual que recorre, de un extremo al otro, el orbe de obras que, como la de Haroldo o la de Barba, no desconocen fronteras artísticas, territoriales ni temporales, sino para revocarlas, llegando a los límites para atravesarlos, el deseo de ir más allá, o más atrás, en un mismo movimiento, como si se dirigiera a un mismo espacio, a otro.

Las palabras se aglutinan por una fuerza de atracción que ordena las Galaxias, un orden cosmogónico habilita el regreso adonde se confunde el principio de la creación con la creación del principio, olvidando en un día, por efímero y cotidiano, el tiempo y la precisión de sus medidas:

no jornalário no horáriodiáriosemanáriomensárioanuário
jornalário (2)

Era también la utopía de querer radicar solo por un tiempo una utopía: se proyectaba concentrar en un lugar, en una casa, en esos escasos días, autores y lectores, artistas y filósofos, poetas y críticos, atender a la par sus distintas procedencias, entender su diversidad de idiomas y no resolver las diferencias que la obra de Haroldo convoca. Como si fuera posible conciliar tanta variedad en una sola instancia, se trataba de inducir, por la poesía, ese instante privado de tiempo que dejaría vislumbrar cierto resplandor de eternidad, divisar en la coincidencia espacial, temporal, que el encuentro propicia, una tentativa de universalidad, la tentación de infinito que constituye el marco contradictorio y marca (de) la obra de Haroldo. Suspendidas las circunstancias -geográficas, cronológicas-, resaltados los modelos -estéticos y epistemológicos-, tal vez se multiplicarían las correspondencias que no ha dejado de irradiar la vasta claridad que la imaginación del poeta filtra en la brevedad del verso o en las metamorfosis de su verbalidad en lúcida expansión.

Son afinidades poéticas, formas de eternidad-a-término, palabras que reconcilian en su obra las contradicciones de la reflexión amparando, a la par, la imagen y la idea, poesía y poética y, entre ambas, atravesándolas, la traducción; los textos de un poeta se entrecruzan con textos de otros poetas: Haroldo transcrea -en colaboración con su hermano Augusto de Campos, con sus amigos Décio Pignatari y Boris Schnaiderman- a Ezra Pound, James Joyce, Arnault Daniel, Dante Alighieri, Stéphane Mallarmé, Vladimir Maiakovski, poemas del teatro nô japonés, de Brecht, de Octavio Paz: "Nem sempre a poesia nasce do tácito diálogo do poeta com a linguagem. Há ocasiões em que se necessita do diálogo com outro poeta, a intertextualidade não apenas dos versos, mas também dos fazedores de versos. (...) se converte en intervivencialidade", dice Emir Rodríguez Monegal en Blanco/Branco: Transblanco (3), un crítico que ha favorecido, él mismo, con su trabajo, con su vida, como pocos, como Haroldo, con Haroldo, el diálogo colectivo "por personas interpuestas" entre dos culturas que, demasiado cercanas, parecían encontrar en la diversidad de lenguas el pretexto para no acercarse.

Esa serie extensa de poetas no pretende más que seguir, en parte, el inventario de una pasión poética compartida a fin de dejar en último término sus transcreaciones personales del Eclesiastés y del Génesis, los libros a los que ha dedicado el fervor laico de su invención literaria y la gracia erudita de la crítica filológica que lo anima. Después de haber "dialogado" en secreto con la poesía de tantos idiomas y de haber difundido su versión de otros poetas, Haroldo orienta su búsqueda hacia una lengua nueva, la más antigua, el hebreo que le permite, una vez más, regresar -es el movimiento natural del verso- a los orígenes de la poesía, a los orígenes del mundo, por medio de la traducción. Una vuelta al principio -aunque la propiedad de esa iniciación se siga discutiendo desde el propio principio- gracias a la plurivocidad de una tarea doble que, al traducir, contrae en una misma acción, en una misma dicción, renuncia y enunciación. La traducción dobla el texto y en las duplicaciones dudosas de ese pliegue, escritura y lectura tampoco se diferencian; asoman contradictorias las ambivalencias que se confunden en una misma solvencia literaria: el texto no solo soporta la versión sino que, al tolerarla, la sustenta.

Si la creencia en la creación por la palabra dicha -al principio- y en la diáspora infligida por los idiomas -después-, son los dos mitos fundacionales del lenguaje que coexisten y se oponen en el Génesis, la prudencia del poeta suele salvar coexistencia y oposición por medio de la transcreación, la conjunción casi secreta que combina lengua original y traducción, resueltas en una misma transacción verbocreadora. Por la "felicidad" performativa que la poesía instaura, la gestión restituye parte de la materialidad del signo, rescatando su sustancia sonora y gráfica de las inadvertencias a que las reduce la función mediadora, el fin instrumental que no es su meta. La resistencia a usar el lenguaje recupera en la palabra la cosa -en hebreo no se diferencian- identificando ver, verbo y verdad. Un ánimo poético común consiente la complicidad inteligente que la traducción requiere y, a partir de esa afinidad dichosa, el traductor se empeña en restablecer la unión edénica que la dispersión de los idiomas había interrumpido. Como el primer movimiento oral que precede a la pronunciación de una vocal, esa aspiración previa, preverbal, hace posible "entrever el fulgor mesiánico" (4), atisbar la lengua pura que presentía Walter Benjamin y en la que Haroldo, su lector venturoso, también confía confiriendo a una sospecha de experiencia, prenominal, indecible, la (trans)misión angelical que anuncia la lengua del origen, difundiéndola. Así entendida, más que la facultad intelectual de un saber idiomático imitado por otro saber, la operación de traducir implica la comprensión interior y anterior, la virtud del genio capaz de asir y reunir los fragmentos que la significación había segmentado.

Antes de dar lugar a teorías lingüísticas todavía vigentes, replicando la referencia hebrea sin impugnarla, el poeta ya hacía del decir hacer y lo decía, o lo mostraba, analógica mente y mención similar. En las variaciones diagramáticas de la poesía concreta, en los recursos de "iluminación icónica" -la ilustrada variante con que Haroldo define la abducción- pone en práctica la "minúcia artesanal da linguagem" imbricando entidades verbovocovisuales que estratifican y prolongan sensaciones y sentidos conjugados.

En una etapa diferente pero consecutiva a esa vocación por estrechar en una misma figura texto e imagen, Haroldo persiste en su afán por acercar palabras superponiendo un texto a otro texto, una sobreescritura la suya que, con procedimientos diversos y materiales disímiles, se propone consumar la restitución de la unidad inefable en el espacio consagrado por la Escritura -también en plural y sagrada- superando las fracciones de la eternidad en historias o de la universalidad en idiomas.

En nombre de otro idioma, Haroldo se remite al Génesis, restablece a través de su traducción, la solidaridad original del verbo y la acción. La transcreación, que es un compromiso asumido por un poeta, compromete por lo menos a dos poetas y dos lenguas o más. "Estudar uma língua nova descobrir uma nova poesia enquanto fazer diferenciado. Estudar o hebraico significou, ademais, poder começar pelo começo" revela Haroldo en la introducción de su Bere'shith, a cena da origem, un libro cuyo título mantiene la estructura emblemática de una iniciación en hebreo que el portugués deja ver por transparencia, como una marca de agua que no se desvanece a la mirada del lector, escasamente avisado en ambas lenguas. En lugar de investigar un parentesco histórico o etimológico, al transcrear el Génesis, Haroldo se propone desocultar esa lengua previa y primordial, en su propio idioma, "'hebraizando' el portugués, ampliarlo hasta la desmesura de sus posibilidades bajo el impacto de la lengua extraña, hacer que la coreografía sintáctica y la música fonosemántica del texto hebreo reverberen en portugués, acrecentando en nuestra lengua una fascinación semítica imprevista." (5)

Hostigando convenciones demasiado endurecidas, saca chispas a las palabras que estallan, hacen fuego o juegos de palabras, enciende matices inesperados en antiguas metáforas, resonancias anagramáticas. Son estrategias atávicas de la motivación contra una arbitrariedad que, atenuada, entre signos, nunca cede tanto como se desea. De la misma manera dice Haroldo que Martin Buber, al traducir con Franz Rosenzweig la Biblia, decidía "Ir hasta los límites de la lengua alemana para encontrar, dentro de su ámbito, las correspondencias con el hebreo" (6). El poeta cuestiona su propia lengua y la estremece. Al traducir, una lengua hace pasar otra lengua, una especie de tráfico de diferencias, un cruzamiento de particularidades que vale como recurso parcial de universalidad: si dos lenguas se cruzan, como espadas, sus palabras no se suman, se resumen en una unidad que, semejante al cero, cifra la ausencia numérica y la totalidad, una serie que empiezo por uno y re-úno a la vez, como el sol del filósofo que es todas las estrellas, y cada estrella es todas las estrellas y el sol. Es en busca de los trazos más profundos de un palimpsesto oral, de la inscripción anterior, anterior a la escritura y a la vista, huellas de una lengua en otra, cuando la práctica de traducir, como la de escribir (7), acomete la pluralidad de sentidos y sonidos que pone a salvo la ambivalente continuidad de la literatura. En Historia de la eternidad, Borges atribuye a los teólogos la convicción de que "la conservación de este mundo es una perpetua creación y que los verbos conservar y crear, tan enemistados aquí, son sinónimos en el cielo." La atribución cuenta más allá, con mayúscula, sobre todo.

No se trata solo de mitigar por la traducción alguna ansiedad de influencia de la que la teoría crítica suele preocuparse discontinuamente sino de un deseo de re-unión ancestral, la vieja nostalgia de lograr la fusión inicial que requiere el poeta, atento a superar las diferencias o, tal vez, suspenderlas, dejarlas en suspenso, hasta cierto punto en el espacio, derivándolas a otra especie, casi en el cielo, como una constelación o varias, en un itinerario en blanco, un destino que está por hacerse. Nostalgia de un "idiomaterno" (8) donde radicar la matriz del idioma y la materia, un más atrás anterior al desastre que estrella la luz en líneas y voces dispares, tendiendo a oponerse, como si fuera posible enemistar el mundo por una parte y su referencia por otra, las palabras contra las imágenes, las lenguas divididas y rivales, el sonido contra el sentido, escritura contra presencia, teoría contra poesía.

Por sus obras propias Finismundo, Galaxias y no por ajenas, Eclesiastés, Génesis, Haroldo reinicia el viaje hacia las nebulosas del principio, la aventura textual que lo embarca hacia el pasado, donde las palabras se desintegran para reunirse en nuevas cosmogonías, retomando el viaje en la vía del origen, donde el comienzo, aunque se dice tal, literal, empezó como si continuara, ya se dijo: "e começo aqui e meço aqui este começo e recomeço", repetido tantas veces, traspasando el último viaje, su Finismundo: "ali/onde começa a infranqueada/ fronteira do extracéu". El espectro de una luz creada de la nada, antes que nada, juega con los ecos del nombre que la crea, aparece y se oculta solo para volver a aparecer.

Como el Rey de Reyes, "el poeta del poeta" que cita Haroldo (9), busca en su lengua hasta encontrar las resonancias de una naturaleza que la lógica occidental extraña en las palabras. No es solo privilegio del extranjero o de un ángel extraño -que salvaguarda desde el silencio de la traducción o de la poesía-, la posibilidad de advertir los tropismos de una palabra que se vuelve sobre sí misma y de descubrir en el fondo las reservas arcanas que la familiaridad de los signos oculta. Haroldo vuelve a encontrar en las voces del hebreo bíblico la contracción semántica que descubre, por la traducción, "una metáfora cosmológica" -son sus palabras: shamáyim por "fógoágua", los elementos combinados en "céu", una síntesis etimológica que atribuye a Rashi, quien menciona la creación del cielo (shamáyim) por medio del "fuego" y el "agua", la dualidad instaurada desde el principio.

Si uno de los primeros preceptos bíblicos sentencia la interdicción de los ídolos contrahechos como fetiches, execrando contrahechuras que imitan y veneran imágenes, si otra filosofía, en sus orígenes, deploró la imitación de copias que se alejan varios grados de la verdad, las inscripciones de Haroldo observan, contradiciéndolas, la severidad de ambas reservas. Resueltas por recursos poéticos que su disposición artística e intelectual no entiende antagónicamente, las concilia en poesía. La visión literal y la revisión semántica de su imaginación simbólica conjeturan y contraen, de una vez, la semejanza de las imágenes y la condición desemejante de la escritura. Sus escritos teóricos afines a su obra poética, las convergencias de sus transcreaciones, la caligrafía ideogramatical que configura la visualidad y verbalidad en una misma emergencia relevan la previsión profética que Haroldo, el poeta que sabe, emblematiza en escritura, en un verso que se ve: "escrever é uma forma de/ver". Gracias a su revelación, la evidencia epigramática no es casualidad sino pura coincidencia.

Mi agradecimiento mayor a Arturo Rodríguez Peixoto, a sus atentas lecturas, prudente criterio y atinada sutileza, quien participó con la dedicación más generosa en la realización de las sucesivas etapas del libro, reivindicando la doble vertiente, oriental y brasilera, que ha poblado estas tierras.


Lisa Block de Behar
Universidad de la República, Montevideo


Notas:


(1) La traducción empieza a crear a partir de una obra concluida mientras que la poesía instaura un origen.
(2) Haroldo de Campos. Galaxias. Ed. Perspectiva. São Paulo, 1984. Páginas sin numerar.
(3) Emir Rodríguez Monegal. Prólogo de Transblanco (em torno a Blanco de Octavio Paz) de Octavio Paz e Haroldo de Campos. De la "Nota prévia" escrita por Haroldo de Campos para esa publicación se transcribe el epígrafe que precede la presente Introducción.
(4) Haroldo de Campos. Bere'shith. A cena da origem. Ed. Perspectiva. São Paulo, 1993. p.30.
(5) Haroldo de Campos. "O Eclesiastes parece um fragmento insurrecto introduzido no Velho Testamento pelo martelo filosofante de Nietzsche." Entrevista de Maria Alzira Brum Lemos, en Leia, mayo de 1987. p. 33.
(6) Citado por Haroldo de Campos en el prólogo a Qohélet / O-que-sabe/ Eclesiastes. Poema sapiencial. Transcriado por Haroldo de Campos (com uma colaboração especial de J. Guinsburg). Ed. Perspectiva. São Paulo, 1991. p.30.
(7) "J'entends par littérature (...) le graphe complexe des traces d'une pratique: la pratique d'écrire. Je vise donc en elle, essentiellement, le texte c'est-à-dire le tissu des signifiants qui constitue l'oeuvre, parce que le texte est l'affleurement même de la langue, et que c'est l'intérieur de la langue que la langue doit être combattue". Roland Barthes. Leçon. Seuil. Paris,1978. p.16.
(8) Haroldo de Campos. "Ciropédia ou a educação do príncipe." En Transideraciones/ Transiderações. Recopilación y traducción de Eduardo Milán y Manuel Ulacia. Ediciones El Tucán. México, 1987.
(9) "Der wahre Uebersetzer... Er muss der/ Dichter des Dichters seyn..." es una cita de Novalis que figura como epígrafe en las Transluminuras de Haroldo de Campos quien aclara en portugués, entre paréntesis "O verdadeiro tradutor... Ele deve ser/ o poeta do poeta..."

 

 

 

 


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