Capítulo [1]
PRIMERAS DELIMITACIONES: CONTRA LOS RIESGOS DEL PRINCIPIO*
A fin de evitar dispersiones que
podrían complicar y extender desmesuradamente
los límites de este trabajo, conviene prever
desde un principio las derivaciones conjeturales que
arriesga un tema propuesto antitéticamente,
y controlarlas. Es cierto que el título formulado
afirma una contradicción y es necesario hacer
constar, desde ya, que debe interpretarse como tal,
así como se anticipa: una retórica del
silencio. La retórica, una disciplina que desde
la antigüedad se ha entendido ambivalentemente,
vale aquí en sus dos sentidos, como estudio
de las especulaciones dialécticas de la mente
tanto como arte del decir y de la elocuencia. Es esa
disciplina la que en este caso se trata de aplicar
al silencio verbal, un objeto tácito considerado
también en su sentido propio porque aparece
restringido sólo a la ausencia fonética,
una forma parcial de la ausencia sonora; se designa
así específicamente el silencio de la
lectura, la suspensión de la voz por una palabra
que no se articula, que no se dice pero que está
presente.
Estas precisiones se anticipan sobre todo para no
atenuar una contradicción que, establecida
por el título, no tiene por qué extrañar
ya que no hace más que inscribirse en una prolongada
tradición titular. Con regularidad y frecuencia
se observa la fórmula antitética como
uno de los modelos más aptos para esta redacción
paratextual, inscripciones que, sin constituir el
texto mismo, lo introducen sinópticamente.
Entre tantos otros, los títulos de Molière
parecen proponer los ejemplos más característicos
de este "principio de contradicción".
Un inventario poco pretencioso de sus títulos
más conocidos cifra la clave de la obra de
Molière en una figura, precisamente la antítesis,
que, más o menos explícita, muestra
el recurso-recurrencia a términos que su teatro
desarrolla como sólo provisionalmente contradictorios:
El burgués gentilhombre, Médico a su
pesar, Las preciosas ridículas, El enfermo
imaginario, El misántropo ("el verdadero
misántropo es un monstruo" había
dicho Rousseau). Un crítico observaba hace
poco: "Cada vez que Molière dice una palabra,
la esconde con otra".
La contradicción que formulan a menudo tantos
títulos, y propuestos para tan diversos géneros,
no se explica solamente por la mera observación
del modelo antitético ni por la atracción
que ejerce una figura particularmente llamativa; tal
vez la (di-)solución antitética que
aparece en los títulos pueda entenderse también
como índice de una confusión incoativa,
previa y catafórica, inherente a las tentativas
anticipatorias a toda elaboración, algo así
como el chaosmos de Joyce, designación de la
unidad (polisemia original de uno que vale tanto como
unidad, propiamente singular, tanto como iniciación,
el origen), a partir de la cual se intentan las primeras
distinciones, un orden, los pasos iniciales hacia
la creación y el conocimiento.
La abundancia excesiva de estas aclaraciones denominativas
procura básicamente prevenir contra la tentación
paradojal ya que no corresponde aquí establecer
l'étonnant accord que, según Pierre
Fontanier, remata toda paradoja conciliando la adversidad
entre términos que se han consignado como contrarios.
Se insiste: los términos del título
cuentan en su significado propio y corresponde mantener
una oposición que no debe resolverse. Sobre
todo, y es necesario advertirlo explícitamente,
el silencio no se entiende como "ese silencio-que-vale-más-que-las-palabras"
(asumo la trivialidad del estereotipo y de sus eventuales
versiones posibles).
*Una versión anterior, en
francés, de este trabajo, fue presentada en
la École des Hautes Études en Sciences
Sociales de París como tesis de doctorado al
profesor Gérard Genette -a quien expreso todo
mi reconocimiento. El profesor Genette convocó
un jurado constituido por los profesores Louis Marin
y Jean-Yves Tadié.
|