Al margen de Borges
México; Buenos Aires: Siglo XXI, 1987.

 

 

"Como en el Génesis
como siempre,
Él reirá
para Isaac"

 


Capítulo [6] - Una hipótesis de lectura: La verdad suspendida entre la repetición y el silencio

Capítulo [9] - Estrategias de la representación
Capítulo [10] - Las (o)misiones de la crítica
Capítulo [11] - Emir Rodríguez Monegal : Medio siglo de una (di)visión crítica

 


 

Capítulo [6]
Una hipótesis de lectura: La verdad
suspendida entre la repetición y el silencio*

 

Tanto se ha hablado en los últimos años de los problemas de la lectura, de la participación del lector en la producción del texto que, si todavía nos formulamos la pregunta básica: "-¿Qué hace el lector cuando lee?", sorprende que la respuesta: "-Hace silencio", pueda sorprender. No debería. Hace cerca de dieciséis siglos, San Agustín se sorprendía al no oír ninguna voz durante las lecturas de Ambrosio de Milán. (La información es de Borges.) No hace tanto, aunque ya pasó aproximadamente medio siglo, el propio Borges confiaba en que cierto porvenir aguardaba aún a la literatura, y esa confianza se basaba únicamente en que -a pesar de todo- la literatura presentaba lo que él llamaba "un síntoma venturoso": "Ya se practica la lectura en silencio" escribía, y esa anticipación -apenas un síntoma de otro silencio literario, mayor y diverso- le bastaba para no desesperarse ante los excesos retóricos de los escritores de su época y de su lengua.

Los antecedentes del tema no faltan. Por eso no fueron los teóricos de la recepción literaria quienes descubrieron la importancia del lector. A pesar del notable desplazamiento metodológico y de objeto que avalan: del autor a la obra (de la obra al sistema, habría que agregar), de la obra al lector, conviene recordar que el problema de la recepción literaria y estética ya había sido objeto de preocupaciones y elaboraciones tan antiguas como los primeros discursos.

Se ha insistido redundantemente en que el discurso procede de y evoca un discurso anterior; no se ha dicho tanto que el discurso produce y provoca un discurso posterior.

En efecto, basta con decir: toda proposición es una propuesta. Desde que se formula, el juicio es juzgado: sobre E. A. Poe, Marie Bonaparte; sobre Bonaparte, Jacques Lacan; sobre Lacan, Jacques Derrida; sobre Derrida, Barbara Johnson; sobre Johnson, Rodríguez Monegal; y la nómina no se acaba aquí porque una vez que se produce la precipitación crítica (precipitación en el sentido químico del término pero, sobre todo, como un apremio a la obra, una inclinación sobre el abismo, también), es difícil interrumpir el vértigo interpretativo.

A pesar del interés y la dedicación a los diferentes aspectos de la recepción, el silencio de la lectura no fue atendido suficientemente por la Escuela de Constanza.(1) Sus valiosas contribuciones se dirigieron mayormente -más que al estudio de la lectura propiamente dicha- al examen de una lectura-escritura (una actividad sustancialmente diferente), y al reconocimiento de los blancos -conocidos en inglés por gaps, en francés por trous, en alemán por Leere- y más conocidos por la profusa sinonimia con que se suele denominar las formas del vacío.

El silencio de la lectura es otra cosa. Se trata, en efecto, de un silencio prescrito y la prescripción es literal: anterior y obligatoria. Es así que el silencio del lector se hace cargo de una escritura previa, comprometiendo problemas de orden lingüístico (el problema del "discurso repetido")(2), que se conectan fácilmente con tópicos de estética, semiótica, retórica, poética (entre otras disciplinas): los más transitados, los más recientes, el fenómeno general de la transtextualidad y sus cuatro variantes fundamentales (según la tipificación que Gérard Genette formula en Palimsestes); de la parodia y las suyas.

Se ha generalizado de tal manera la visión transtextual que, a esta altura, no sería exagerado poner toda la literatura entre comillas. De manera similar, pero con propósitos y observaciones diferentes, Husserl había puesto entre paréntesis el problema del mundo exterior -un reducto para el mundo objetivo, la llamada epoché fenomenológica. Como solo existen en la escritura, esas comillas podrían valer como su emblema tipográfico: señalan el carácter citacional del enunciado; salvan el sentido especial por medio de una indicación que lo destaca; ponen en evidencia la función poética (y la denomino así, según Jakobson, para abreviar argumentos), con la consecutiva obliteración o postergación de la transparencia referencial. Llamando la atención sobre sí mismo, el enunciado -que está entre comillas- marcaría además que se constituye en su propio referente. Esta autorreferencialidad no implicaría exclusivamente el cumplimiento de una función metalingüística ya que, "soí-disant", interesa tanto por la referencia a sí mismo como por la pretensión: su autorreferencia y su carácter ficticio.

Semejante al Quijote de Pierre Menard (la obra invisible de ese lector paradigmático de Borges), la lectura se cumple como un acto de comunicación diferente ya que observa una posición de equilibrio difícil, suspendida entre la repetición y el silencio. Ambos, repetición y silencio, son temas que vienen afectados por disciplinas diversas pero afines y que atienden al oyente (lingüística), al destinatario (semiótica), al lector (retórica, poética, hermenéutica, teoría literaria), incorporando un abordaje postestructuralista, pragmático, por medio del cual se reconoce la importancia prioritaria de las condiciones de comunicación con respecto a los recortes metodológicos y las abstracciones sistemáticas.

Se soslaya así la prescindencia forzada o artificiosa con que se había ignorado las circunstancias en las que se formula el enunciado y entre las que se encuentra el lector. Recuperadas las circunstancias para el análisis del discurso, el lector empieza a adquirir una posición determinante: es el lector quien recurre a la obra textualizándola, contextualizándola, devolviéndola a su historia (la del lector, la de la obra), una vuelta -un retorno, un revés- ya que, contradictoriamente, recupera así la dimensión que pretendió y logró superar.

Como lo explica la teoría de la recepción estética, esta vuelta tiene como punto de articulación los intervalos, hiatos, blancos, vacíos, márgenes, fracturas, fisuras, lagunas; aproximadamente, lo que los lingüistas -menos imaginativos, más cerca de la lógica esta vez- clasifican como implícitos y presupuestos. La abundancia onomasiológica hace referencia a la elaboración por el lector de una materia tácita a medias: lo no dicho entre lo dicho.

Esencia e imitación

Pero esta materia no es exclusividad del lector. A partir de las palabras y entre ellas, se configura un silencio fronterizo, un silencio que es atribución y característica del receptor en general: en el cine, en el teatro, en el concierto, en el museo; ese silencio es condición de su presencia, una necesidad (porque hace falta y porque no puede ser de otra manera), su presencia esencial: una participación tan indispensable como imperceptible.

De ahí que semejante participación valga como una especie no ortodoxa de la "parousía" ya que, como aparece en Platón, la parousía es la manifestación de una relación momentánea y esencial (una presencia) en la cosa (una imitación). El silencio de la lectura se presenta como una relación de participación, momentánea e imitativa, una unión esencial en lo material.

Por otra parte, la condición silenciosa no es un objeto de estudio privativo de este análisis de la recepción. Con anterioridad al interés especulativo, se observa que la literatura, por su parte -como ya lo anticipaba Borges en el ensayo que se citaba- daba cuenta de una preferencia similar: la opción por el silencio.

Expresada por la escritura, esa opción aparece formulada como una desconfianza general, una resistencia: contra la ambigüedad de la palabra, contra las certezas del discurso, contra la irrefutabilidad de la escritura. Desde Octavio Paz a Maurice Blanchot, desde Juan Rulfo a Marguerite Duras, entre Samuel Beckett y Eugène Ionesco, saludando al pasar al océano, como el conde de Lautréamont: ya no puede aceptarse fácilmente ni la evidencia verbal (cualquier mención), ni las verdades establecidas (cualquier mentira). Con razón se indignaba el personaje de Gracián ante el Embustero Historiador "que se atrevió a negar la prisión del Rey Francisco en Pavía". Con bastante alarma, sin embargo, nos reímos de las fotos de Zelig en la película de Woody Allen: Zelig con el presidente Wilson, con el Papa, con Hitler. Con mayor alarma, con mayor indignación, no se toleran las "obscenidades" de Faurisson;(3) no valen como anécdotas, su inmoralidad es otro lapsus que nos permite entrever el desajuste, ese deslizamiento tan problemático de la representación en la presencia, del que ni la evidencia se salva: "Discurrió bien quien dijo que el mejor libro del Mundo era el mismo Mundo, cerrado cuanto más abierto".

Una doble cuestión

Algo así como una aspiración u obsesión esotérica ha ganado al siglo. Semejante a lo que Wittgenstein llamaba "Wille zum Geheimnis": una voluntad de secreto domina las actitudes y determina las investigaciones; pero, al mismo tiempo, creo que esa voluntad de secreto entra en una curiosa colisión dialéctica con lo que yo llamaría Wille zu sagen: una voluntad de decir (que no es significar simplemente, aunque no lo descarta).

Me detengo un momento para considerar una combinación sintáctica que parece asociarse para contradecirse digo o quiero decir. Si digo, dejo de querer, si quiero, dejo de decir. El discurso es el espacio donde se entabla una lucha entre el significado (de la palabra) y la intención (del hablante) y donde se pone en juego la misma índole del lenguaje (y no sólo en estas perífrasis contradictorias). En esa colisión conjugada radica su verdad: la verdad como querer y como decir (una forma patética y semántica a la vez).

La voluntad de secreto y la voluntad de decir coinciden en la literalidad del texto, ajustándose dialécticamente, dando lugar al advenimiento del acontecimiento literario. La estética del siglo XX se manifiesta ambivalentemente: por un lado los excesos de la explicitez (desde los medios masivos de comunicación a las insistencias reiterativas de Andy Warhol); por otro, el sigilo de las obsesiones esotéricas y las reglas del claustro. No sólo el psicoanálisis, otros métodos y prácticas han multiplicado sus trámites hacia la interioridad: "la fascination du dedans", la averiguación de un secreto sospechado, la revelación, si no errónea seguramente errática, por la que se sigue arriesgando "la quête de la vérite": "la quête", una cuestión, un problema, una pregunta, al confundirla con una respuesta, la solución del enigma: porque la convicción del acierto es el mayor peligro: la trampa. Más vale mantener el enigma, continuar la búsqueda, aunque conste que así la verdad se escurra en la "semiosis ilimitada" de Peirce, ya que esa fuga no es una falla, una falta, sino su fatalidad: su manera de ser necesaria.

Por un lado, las doctrinas se ocupan de la recepción -y yo diría del silencio. Por otro, el arte, la literatura, formula la preterición más desmesurada de su historia: "Guardar silencio... por la palabra", se desconcertaba Blanchot. Por ahora, no hay alternativa. Todavía no se ha accedido a "esa escritura puramente ideográfica -directa comunicación de experiencias, no de sonidos" que anticipaba Borges. En materia literaria, la resistencia a decir solo existe si se dice. Sin embargo, la desconfianza hacia cualquier forma de representación se manifiesta en la multiplicación de obras que suspenden las fronteras precisas entre el adentro y el afuera, la diégesis y la extradiégesis, radicadas en esa zona franca donde se confunden una historia que se cuenta y otra que ocurre.

La lectura como hipótesis

El título proponía "una hipótesis de lectura", pero la propuesta vale también al revés: la lectura como hipótesis, literalmente: una suposición (y no hay porqué evitar lo que dicen las palabras). Hipótesis, suposición, algo que está puesto debajo: "to understand", eso es entender o interpretar. "Comprender cómo se comprende es la tarea específica del semiólogo", decía Christian Metz y es ese propósito específicamente el que justifica la observación del receptor: alguien que debe comprender.

En la comunicación oral, le basta con oír: entiende porque oye ("il entend"), porque ese diálogo sólo se produce en una situación dada, no puede ser de otra manera. En la comunicación escrita, la literaria sobre todo, la situación ya no está dada o la que está dada no es la que habilita la comunicación: al contrario, se presume que la interfiera (de ahí las tentativas de anularla: la oscuridad, el rincón, la lámpara, el silencio: el acogimiento literario como recogimiento).

Esta diferencia (otra palabra que a partir de J. Derrida ya está ocupada en gran parte por la diferancia), como diversidad y como postergación, es la primera o primordial causa del acontecimiento literario, quizá el fundamento mismo de la transitada literariedad. Es en la comunicación diferente, diferida, que sobreviene la imposición de interpretar.

La imposición de interpretar

Imposición o impostura: una exigencia y una ficción. El requerimiento que promueve la percepción de la escritura literaria es que registra una cosa y provoca "otra cosa". De ahí que toda lectura sea la puesta en práctica de una actividad alegórica, por lo menos en el sentido que recupera Heidegger para el término: alegoría como alegorein, alegoría como otra cosa.

Esa certeza alegórica comporta una de las mayores inquietudes del lector; una obligación (la imposición), en parte, y parte de su mala conciencia (la impostura). El lector es heredero de una prolongada tradición teológica, hermenéutica y filológica: doctrinas y cánones de la ortodoxia judeo-cristiana, análisis y críticas formales pre-estructuralistas, consolidan esa inquietud. Coinciden en la subestimación del presente del lector: la convicción de que para comprender es necesario superar las propias circunstancias, abstraerlas, renunciar a uno mismo y conformarse.

Son tentativas para recuperar el universo original del autor: reconstruir sus referencias se confunde con la interpretación auténtica y lo demás es arbitrariedad o interferencia. Eso cree.

El debilitamiento de la situación enunciativa que produce el lenguaje escrito siempre fue causa de un dilema deíctico: desde las soluciones difícilmente viables inventadas por la cortesía epistolar latina hasta la "carta blanca" (K. Malevitch, V. Kandinsky, Y. Klein, R. Ryman, etc.); sus pinturas son menos bandera blanca que confianza en el receptor. Son cartas en blanco, no ocultas ni perdidas, que expone sin subterfugios el autor y utiliza el lector; pero la prodigalidad resulta asimismo sospechosa: el campo simbólico cede todo el terreno al mostrativo; aunque es el otro extremo, el dilema queda igualmente planteado.

En el texto literario también se verifica cierta "coacción" pragmática. La dependencia histórica no es una opción sino una necesidad: la incidencia de los entornos define, si no el significado, seguramente el sentido. El lenguaje oral tampoco hace explícitos los entornos, pero los usa.

Suposiciones del lector

De la fragilidad de las ilusiones reconstructivistas, trató de prescindir la estética de la recepción. Hans Georg Gadamer antes y más tarde Hans Robert Jauss y su grupo, entendieron que la comprensión no es necesariamente la repetición de una instancia del pasado: como Pierre Menard -pero sin conocerlo- desistieron de esa tarea por imposible y por inútil. Para ellos, la comprensión es una meditación, la fusión de horizontes ("el horizonte de expectativa", el que se atribuye al autor, con "el horizonte de experiencia" del que no puede prescindir el receptor). No rechazan abordajes hermenéuticos, ni filológicos, ni históricos, pero tampoco soslayan la poética, sus reglas, el método (especialmente las doctrinas de los formalistas del círculo de Praga).

Pero, personalmente, más que reconstrucciones de filólogos, más que modelizaciones provisoriamente rigurosas, más que la mediación de hermeneutas recepcionistas, creo que la lectura es una suposición -esa es la hipótesis- porque o bien todo es repetición (y si ya lo era en la época de Coheleth, lo que será ahora, décadas de siglos repitiendo el Eclesiastés), o bien, nada es repetición ya que el río pasa y el hombre tampoco queda, o la misma repetición es diferente.

Esta suposición que sería la lectura no implica reformular la función estética como "el principio vacío" que definía Jan Mukarovsky, apto para reorganizar y dinamizar todas las demás funciones que cumple el hombre en su acción cotidiana, ni de asimilarla a la conciliación de horizontes que formula la teoría de la recepción, según la cual la función estética no suspende las otras funciones porque, dialécticamente, al negarlas, las adopta, sino observar la función estética,la recepción, la lectura, como una suposición: tan irrefutable como eventual ya que se basa en una temporalización intrínsecamente antitética: un presente que es pasado, un pasado que es futuro, etc.; la negación de un tiempo por medio de la incidencia sincrónica de todos los tiempos. Desde Aristóteles hasta Benedetto Croce, otra vez, obra de arte versus historia: la simultaneidad como intemporalidad tiene que ver con el tiempo detenido de la Recherche más que con las abstracciones de Saussure.

Las crisis del criticón

El malestar o los remordimientos del lector participan en algo de una culpa que se conecta más con "no saber" que con "saber". Pero más vale empezar con la historia reciente y partir de las frustraciones de la recuperación historicista y las exageraciones a que llevaron los sondeos biográficos, las indagaciones de Sainte-Beuve, la importancia de lo socio-histórico para Hippolyte Taine, y que fueron causa -por reacción- de otras exageraciones: las prescindencias formalistas, los cánones estructuralistas, de los que podría temerse todavía, su fácil conversión: de refugios metodológicos y objetivos a enclaustramientos totalitarios de la "verdad", olvidando que también los métodos y sus consecutivas verdades son tan históricos como las anécdotas y, por lo tanto, circunstanciales, pasibles de todas las crisis y críticas: de edades, épocas y cambios, como se entiende triplemente, en los bien denominados capítulos de El Criticón.

La interpretación es una representación pero, contradictoriamente a la interpretación tradicional, no procura "el pasado del presente" (filológico, arqueológico, histórico, hermenéutico, etc.) sino -agustinianamente- otro presente del pasado. Entiendo que, desde el punto de vista del lector, representar es hacer presente un pasado -una operación temporal, histórica- tanto como actualizar -en el sentido que la lingüística da al término- una operación filosófica, realizar, tal como se entiende en español más "to realize", entender, darse cuenta el privilegiado significado que tiene en inglés.

Entender es tanto hacer presente un pasado como hacer presente otro presente. No es sólo un juego de palabras. El problema radica en la ambigüedad de presente: presente/virtual, presente/pasado.

Habría que entender esa "contemporaneidad" no como una abstracción o prescindencia de lo temporal sino como un desafío que formula la escritura a la historia (aunque la historia, de la escritura dependa). La obra sólo existe como texto, como una forma de estar ahí, de estar presente. Por algo sobreviven los mensajeros que se escapan de la catástrofe para referir a Job las calamidades de su familia y de su hacienda; como Scheherezade, sobreviven para contar o por contar, más bien mientras dispongan de la buena voluntad de su narratario.

Posiciones y suposiciones

La lectura es una suposición del texto; por eso la verdad queda suspendida: está ahí pendiente, escasamente firme, provisoria; más que presente, inminente; más que una ocurrencia, algo que está por ocurrir, manteniéndose: "maintenant", ahora, procurando una estabilidad difícil, a merced de todos los tiempos y, a pesar de eso, concentrando "la espléndida contemporaneidad" que, según Gadamer, irradia la obra.

Como toda suposición, la que realiza la lectura es irrefutable. No cabe discutirla porque la verdad está suspendida, pero también está suspendida la falsedad: no corresponde a la lectura formular axiomas ni concluir definiciones. Tratándose de una ficción, la verdad está suspendida por eso mismo. Sin embargo, como en la historia, en la filosofía, en la ciencia, la búsqueda de la verdad es la gran preocupación literaria: el autor, el lector, el crítico, hasta los personajes concurren a la búsqueda. Aunque así planteada, da la impresión de que se tratara de una gran paradoja: ¿buscar la verdad en la ficción? Ya lo había intentado Hamlet, y le había dado resultado:

The play's the thing
Wherein I'll catch the conscience of the King.

Entre la ficción y la verdad, entre escepticismo y broma, un epígrafe de E. A. Poe introduce The Thousand-and-Second Tale of Scheherezade: "Truth is stranger than ficton. Old saying." El epígrafe parece cumplir con todos los requisitos del paratexto:(4) ¿Quién lo formula? ¿el autor?, ¿el narrador?, ¿la tradición? Las voces individuales y colectivas, literarias y sociales, se confunden en esta máxima: una verdad que se llama así porque pertenece a todos o, por lo menos, a la gran mayoría. Sin embargo, hace un par de meses John Searle objetaba a Jonathan Culler que hubiera afirmado "Truth is a kind of fiction", a pesar de que la variación que imprime a la fórmula es bastante menos contundente que la sabiduría aceptada y compartida del proverbio citado tantas veces.

El tema no es sólo un tópico de la teoría ni del conocimiento popular sino un lugar común de las preocupaciones estéticas, la encrucijada donde se encuentran narradores típicos y algunos personajes especialmente ladinos, figuras que aparecen diegéticamente, formando parte de la narración, pero que, como esas inscripciones marginales -la de Poe, por ejemplo-, están siempre a mitad de camino, en los límites, entre la naturaleza y la obra, entre la realidad y la ficción, entre la verdad y su desmentido.

En las convenciones cinematográficas, la práctica paratextual aparenta fórmulas más burocráticas. La inadvertencia del espectador es parte de su confianza y casi no ve ni lee los cartelitos preventivos con que inician o concluyen tantos filmes, desmintiendo sus comprometedoras verosimilitudes. Pero basta con que la convención esté formalmente impuesta para tentar la ocurrencia paródica.

Que se trate de información o de invención no depende tanto de la obra como de la pragmática del texto. Como dice Oswald Ducrot en Dire et ne pas dire, también "la información es una ilocución", es un "speech act" que no se puede llevar a cabo si el destinatario no reconoce de antemano "competencia y honestidad" en hablante como para informar y dar crédito a su información. ¿Otra cuestión de fe? Se trata en definitiva también de una creencia, y de ello depende. No estamos demasiado lejos de la actitud con que definía Coleridge la recepción de la ficción literaria, o de toda ficción.

Nietzsche reivindicaba "un derecho de mentir"(Berechtigung zur Lüge). Oscar Wilde, por su parte, se lamentaba de la decadencia de la mentira (The decay of lying). Todo es interpretación, incluso la formulación más científica, "Cette sorte de vérité imparfaite et provisoire qu'on apelle la science", decía Anatole France anticipándose a la preocupación obsesiva, hoy en día, de sus compatriotas, Edgar Morin, Jean Baudrillard, Paul Veyne, Michel Foucault y tantos otros filósofos, epistemólogos e historiadores.

Por ser interpretación, también la verdad científica está sometida a las circunstancias de su formulación, a la situación en que actúa el intérprete, a las coordenadas del discurso. Un romanista, Hugo Schuchardt, había dicho, al pronunciar su lección inaugural en Viena, que toda teoría debería empezar por la biografía de quien la expone. Hoy se reconoce que cualquier método es un sistema operativo establecido, un establishment, y, por lo tanto, un sistema de entrada de la historia en la obra, un aparato atenuado de producción del texto, la retícula a través de la cual se observa un objeto, con la convicción de que ese objeto reticulado es el objeto mismo, tal cual es; una convicción como cualquier otra.

La búsqueda de la verdad

Buscando la verdad en el texto, el lector se propone una operación etimológica sin saberlo. Realiza una gestión lingüística potencial a partir de la cual intenta encontrar la verdad en las palabras, su etymon textual. Porque desde Aristóteles ya se sabe que la verdad no está en las cosas ni en los seres sino en una correspondencia. También en la lectura: la verdad es una relación intelectual que establece coherencia entre la representación que concibe, momentáneamente y sin dejar rastros, el lector, y la representación que la obra propone indefinidamente -tanto por infinita, ilimitada, como por incierta e imprecisa.

Como decía Aristóteles, más interesa en la obra lo verosímil que lo verdadero y la verosimilitud es -según el análisis que realiza Gérard Genette- una verdad posible en tanto se adecue coherentemente a las normas en vigencia. Aunque no quede registrado, es el lector quien intenta realizar la convergencia transhistórica, por medio de un recorrido anafórico, un salto atrás que no lo aparta de su presente, encabalgando lo literal y lo literario, contrayendo lo ya dicho y lo no dicho, la repetición y el silencio.

El lector no define pero supone una verdad textual, una relación dinámica que se tiende entre una idea y otra idea, entre la intención y la interpretación, entre el autor y el lector.

Desde el punto de vista del lector, la verdad literaria implica un doble proceso de reflexión: por una parte, una meditación, una averiguación (interpretación del texto), por otra es reflexión por imitación (otra interpretación): una imagen que refleja al lector en el texto. Proust decía que el lector es leído por el texto, un axolotl, podría haber dicho Julio Cortázar; un camaleón, como Zelig: una reflexión imprevisible que transfigura el texto cada vez. La interpretación define el sentido: un sentido consentido, un consentimiento, entre lo conceptual y lo afectivo.

Si bien la obra, que permanece, suprime la eventualidad, el texto no se propone como una abolición del azar. Esa es la diferencia: el texto es el espacio de juego (un "Spielraum" decía Gadamer), donde el azar está dado, y quizá este dado no se diferencie demasiado de otros con que desde hace tiempo se viene jugando. Se hizo famosa la comparación de Saussure: una sincronía de la lengua como una partida de ajedrez; para Gadamer, todo proceso de comprensión es un juego.

Reglas, posibilidades que se actualizan, riesgos, la conjugación de azar y determinación en una representación que se olvida como tal. Se juega la partida y se juega el jugador; el lector piensa que deja la sociedad al margen pero la sociedad no puede permanecer ajena, sigue atentamente las alternativas, observando juego y juicio, reglas y prejuicios: por eso no se entiende mal si, más que una verdad, la verdad del texto sea una versión, o mejor, más de una versión, la diversión tal vez.


*El texto transcribe parte de una conferencia que, con el mismo título, fue dictada en el Whitney Institute de la Universidad de Yale, New Haven, febrero de 1984.


1 El número 19 de Maldoror fue dedicado al estudio de la Teoría de la Recepción Estética con colaboración de la mayor parte de los integrantes de la Escuela de Konstanz.

2 E. Coseriu, Problemas de semántica estructural. Madrid, 1977.

3 Después de algunos intentos críticos (Rimbaud, Lautréamont),
trató de lograr cierta notoriedad sosteniendo, hacia l980, que Auschwitz, las cámaras de gas, el genocidio no habían ocurrido; opinaba que la barbarie nazi no habría sido para tanto. Faurisson, ¿tiene nombre?

4 Aunque distante del texto mismo, el paratexto (títulos, prefacios, epígrafes, etc.) limita la obra, la define explícitamente.

 

 


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